
Una nueva fase dirigida contra las infraestructuras de petróleo y gas en el golfo Pérsico amenaza con perjudicar a empresas y clientes de todo el mundo durante meses o incluso años.
Por Patricia Cohen
Patricia Cohen es corresponsal de economía mundial.
El juego ha cambiado.
Desde el momento en que Estados Unidos e Israel atacaron Irán, el escenario de pesadilla para la economía mundial del que la mayoría de la gente hablaba era el cierre del estrecho de Ormuz, el cuello de botella de petróleo más importante del planeta.
Pero una pesadilla diferente y más inquietante empezó a desarrollarse con los ataques directos a la columna vertebral de la producción energética de la región del golfo Pérsico: la perspectiva de daños millonarios a largo plazo en las instalaciones que suministran una parte crítica del gas natural mundial.
Ahora, en lugar de preguntarse si la guerra duraría días o semanas, funcionarios y economistas especulan sobre efectos que podrían durar meses y años.
“Hemos pasado de detener el tránsito, que es una medida temporal, a atacar las infraestructuras, lo que tiene efectos a largo plazo”, dijo David Goldwyn, ex diplomático estadounidense y funcionario del Departamento de Energía.
Esta nueva fase de la guerra comenzó el miércoles, cuando Irán llevó a cabo un ataque de represalia con misiles contra Ras Laffan, el vasto complejo energético de Catar. Ese objetivo produce aproximadamente una quinta parte del gas natural licuado del mundo, un combustible transportable utilizado para calentar hogares, cocinar alimentos, alimentar fábricas y generar electricidad en toda Asia y Europa.
Irán atacó el jueves otras refinerías e instalaciones de gas en Kuwait, Catar y Arabia Saudita. Los ataques siguieron a un ataque israelí contra el yacimiento iraní de gas natural de South Pars.
Funcionarios y trabajadores siguen buscando entre los escombros, y aún no se ha evaluado el alcance total de los daños. Aun así, Saad Sherida al-Kaabi, ministro de Energía de Catar, dijo el jueves que las reparaciones tardarían hasta cinco años y reducirían la capacidad de exportación del país en un 17 por ciento.
Los atentados demostraron que, a pesar de la relativa debilidad de Irán, el país ejerce una enorme influencia sobre la economía mundial. Al utilizar armas a pequeña escala y de bajo costo para contrarrestar sistemas de misiles altamente sofisticados y caros, dijo Goldwyn, los iraníes “han demostrado una amenaza a largo plazo de poder atacar infraestructuras en todo el Golfo”.
Aún queda mucho por saber. Y las circunstancias sobre el terreno —y tras las puertas cerradas de los líderes políticos— cambian a un ritmo vertiginoso. ¿Se intensificarán los ataques, con más sobre infraestructuras energéticas críticas? ¿Cuánto tiempo permanecerá cerrado el estrecho? ¿Cuánto durará la guerra? ¿Qué ocurrirá cuando cesen los combates?

De momento, aunque muchas instalaciones energéticas del golfo Pérsico han suspendido sus operaciones, la mayoría están intactas.
“Todavía estamos en una situación en la que si el estrecho se abriera mañana, la mayor parte de la producción de energía de la región podría volver a funcionar razonablemente rápido”, en un par de meses, dijo Jason Bordoff, director fundador del Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia.
Pero la situación podría cambiar en cualquier momento si continúan los ataques, añadió.
Lo que está claro es que los daños de esta presión sobre el suministro energético mundial y la industria naval tienen el potencial de situar a la economía mundial en una trayectoria diferente y más peligrosa.
“Esta es, con diferencia, la mayor interrupción de petróleo crudo y productos refinados que hemos visto en la historia”, dijo Jason Miller, profesor de Gestión de la Cadena de Suministro en la Universidad Estatal de Míchigan. “El petróleo entra en todo”, dijo, por lo que el impacto inflacionista podría ser enorme.
Los analistas de la consultora energética Wood Mackenzie ya han advertido de que 200 dólares el barril no está fuera de lo posible en 2026, frente a los aproximadamente 73 dólares que costaba antes de la guerra.
“No podría concebir que las economías no empezaran a entrar en recesión con los precios de la energía en ese punto”, dijo Miller.
Los precios más altos de la energía tienden a ralentizar el crecimiento económico, aumentar el desempleo y acelerar la inflación.
También es importante señalar que el precio del gasóleo y del combustible para aviones —que se procesan de forma diferente— suele subir más deprisa que el de la gasolina que los conductores compran en el surtidor. Y eso tiene un efecto desproporcionado en el transporte de mercancías por todo el mundo, ya sea por avión, barco o camión.
Esos elevados precios de la energía podrían acabar aumentando el precio de prácticamente todos los aguacates, automóviles, zapatos deportivos, teléfonos móviles y medicamentos que se compran y venden en todo el mundo.
Los transportistas de algunas regiones también tienen que hacer frente a precios de flete disparados, rutas cerradas, barcos varados, largos desvíos y tarifas de seguro de alto riesgo.
Miles de barcos están bloqueados en el golfo Pérsico. Y transportistas como Maersk y CMA CGM han dicho a sus clientes que se reservan el derecho de descargar sus contenedores en el puerto disponible más cercano. Los clientes tendrían que asumir los gastos adicionales.