La sobriedad y el minimalismo de actores de Dinamarca, Noruega y Suecia están resonando con audiencias internacionales.

CUANDO ELLE FANNING aparece en pantalla en Valor sentimental, su personaje, Rachel Kemp, una actriz de Hollywood, ha estado llorando. Casi 30 minutos después del inicio del largometraje más reciente de Joachim Trier —sobre un veterano director sueco-noruego llamado Gustav Borg (Stellan Skarsgard), que intenta aprovechar un nuevo proyecto para reconciliarse con sus hijas distanciadas en Oslo, una actriz llamada Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas), una historiadora—, la emoción descarnada de Fanning resulta desconcertante. En una historia contada a través de intercambios impasibles y gestos sutiles, su presencia no solo establece una distinción entre la interpretación escandinava y la estadounidense, sino también entre sus culturas. Una, sugiere Trier, es tierna pero contenida; la otra puede ser un poco excesiva.
Desde los años cincuenta y sesenta, cuando el guionista y director sueco Ingmar Bergman presentó al público mundial a Liv Ullmann y Max von Sydow —y nuevamente en los noventa, cuando los provocadores daneses Lars von Trier y Thomas Vinterberg crearon Dogme 95, un estilo cinematográfico que rechazaba la iluminación artificial y convirtió a Mads Mikkelsen en estrella— Escandinavia no había generado tantas interpretaciones emocionantes. Los directores locales siguen siendo los principales responsables: Reinsve, de 38 años, que creció en el pueblo de Solbergelva, Noruega, ha trabajado con Trier en dos ocasiones anteriores, en Oslo, 31 de agosto (2011) y La peor persona del mundo (2021); las siete colaboraciones cinematográficas de Skarsgard, de 74 años, con von Trier, entre ellas Rompiendo las olas (1996) y Melancolía (2011), cimentaron su reputación como uno de los grandes actores de carácter de nuestra época. “Cuando un director de aquí tiene éxito, se lleva el talento con él”, dice Pilou Asbaek, danés de 44 años que ha participado en tres películas de Tobias Lindholm, incluida A War: La otra guerra (2015). “La mayoría de las películas escandinavas cuentan con financiación pública, lo que significa que no tienes que vender necesariamente un millón de entradas. No estás obligado a contratar a una superestrella”.
Cada pocos años, una nueva región parece convertirse en árbitro del cine de autor, contando historias que resuenan a nivel internacional. La Nueva Ola francesa reflejó la libertad sexual y los valores antiestablishment de la juventud de posguerra de los años 60; la escena mumblecore estadounidense captó la rebelión y la privación de derechos de los años 2000; y en la última década, los cineastas surcoreanos se hicieron famosos por hacer críticas vengativas de la desigualdad económica. Si hoy existe un mayor apetito por las películas escandinavas, quizá se deba a que cada vez más espectadores se sienten atraídos por relatos morales íntimos, a menudo con humor oscuro, sobre adultos imperfectos y reconocibles. Estas obras exigen una atención minuciosa, que requiere un estudio cuidadoso de los rostros de las personas —con manchas, arrugas y todo— para comprender sus estados de ánimo. “La psicología supera a la brutalidad cualquier día de la semana”, dice Asbaek. “No podemos permitirnos grandes tiroteos ni efectos generados por computadora, así que nos centramos en personajes que toman decisiones difíciles bajo presión”.

Convertirse en un aclamado intérprete escandinavo —o en novelista (Karl Ove Knausgaard), artista (Bjarne Melgaard) o incluso estrella del pop (Lykke Li)— a menudo significa “hacerse amigo de nuestra ansiedad”, dijo Reinsve. La actriz sueca Noomi Rapace, de 46 años, quien interpretó a la justiciera protagonista de la adaptación cinematográfica de Niels Arden Oplev de Los hombres que no amaban a las mujeres (2005), de Stieg Larsson, y de dos secuelas, y quien ahora divide su tiempo entre Londres y Lisboa, dice: “Cuando estás en Escandinavia, hay una nube que se cierne sobre todos. La gente bebe mucho; hay mucha depresión. Es una energía bastante pesada”. Lilleaas, de 36 años, cuyos padres dirigían una compañía de producción teatral en Gol, Noruega, donde se crió, añade: “No somos tan expresivos; nuestros sentimientos están muy reprimidos. Y creo que eso también influye en cómo actuamos”.
AUNQUE EXISTEN innumerables diferencias entre Dinamarca, Noruega y Suecia (por razones históricas, culturales y lingüísticas, Finlandia e Islandia no suelen considerarse parte de Escandinavia), los tres países apoyan de manera decidida las artes. “Tenemos un teatro fuertemente financiado con fondos públicos”, dice Nikolaj Coster-Waldau, de 55 años, quien interpretó al caballero Jaime Lannister en Juego de Tronos (2011-19). Tras licenciarse en la Escuela Nacional Danesa de Artes Escénicas en 1993, el actor, al que veremos próximamente en el filme policíaco de Robert Zemeckis The Last Mrs. Parrish, debutó en una producción de Copenhague de Hamlet. En su país, dice, “puedes ganarte la vida como actor de teatro. La única forma de hacerlo en Estados Unidos es tener un gran espectáculo en Broadway que permanezca mucho tiempo en cartelera”. Seis de los ocho hijos de Skarsgard son actores. Alexander, de 49 años, estrenó dos nuevas películas —The Moment, un falso documental sobre la gira de Charli XCX, y Wicker, en la que interpreta a un hombre de paja— en el Festival de Cine de Sundance de este año; Bill, de 35, aparecerá próximamente con Hugh Jackman en La muerte de Robin Hood. Aunque su padre se alegra (“en secreto”, dice) de que sus hijos hayan seguido su camino, tuvo cuidado de dejarles decidir. “Respetamos más la interpretación como profesión. Es como ser médico o cualquier otra cosa”, dice. “Cuando llegué a Estados Unidos, me preguntaron: ‘¿A qué te dedicas?’ ‘Soy actor’, dije con orgullo. Y dijeron: ‘Otro más, no’”.
Todos estos actores escandinavos reconocen el reciente interés por el cine de sus países, aunque no pudieran articular con precisión qué distingue a ese trabajo. El único rasgo que podían reivindicar era la humildad. En una cultura igualitaria, en la que, para bien o para mal, se fomenta la uniformidad, Reinsve afirma: “Me daba mucho miedo destacar en Noruega. Al venir a Estados Unidos, he tenido que abrazar mi individualidad”. Es un sentimiento que comparte Alicia Vikander, de 37 años, quien ganó un Oscar en 2016 por La chica danesa, de Tom Hooper, y a quien, sin embargo, hace tiempo que le cuesta llamarse a sí misma actriz. “No sé si eso es bueno”, dice la actriz sueca, que aparecerá próximamente en el drama político de Olivier Assayas El mago del Kremlin. Un sentido similar de la modestia recorre las propias películas escandinavas, que a menudo retratan una vida de clase media menos frecuente en el Hollywood contemporáneo: no es casualidad que en Valor sentimental la casa familiar, testigo de generaciones de trauma y dolor, tenga grietas por las paredes.
Como última revelación del grupo, Lilleaas ha tenido que enfrentarse a la nueva fama. “Parece que a los estadounidenses no les cuesta hablar de sus logros”, afirma. Sin mucho presupuesto de mercadeo —y sin recurrir, por ejemplo, a los dirigibles promocionales de Marty Supremo (2025) o maniobras virales similares—, Valor sentimental, una pequeña película sobre el dolor y la redención, ha encontrado, no obstante, un público. “Creo que Timothée Chalamet es un actor increíble, pero habla de ser el mejor como si el arte fuera algo que se pudiera ganar”, dijo Coster-Waldau. “Tal vez tenga razón, pero yo tengo otra manera de verlo”.
Nick Haramis es editor general de T Magazine.